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Diario Digital de la Costa de Granada

Crónica de un desamor anunciado y el amor de Dios

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No hay palabra tan manoseada, menoscabada y mal usada que la palabra amor. Amparados en el precioso verbo amar, las personas hacen y dicen lo contrario de lo que se supondría estarían obligados a hacer. Escuchamos a niños expresándose así: “Mami me ha dicho que Papi me ama, pero está muy ocupado y por eso apenas le vemos” u otro “Yo amo a mi Mamá, tengo una foto de ella y siempre me envía regalos”, o esta otra después de una ruptura matrimonial, “Mi Papi se ha ido, pero nosotros tenemos que recordar que le amamos, y nos sigue amando” No hay mayor tragedia y frustración emocional que amar y no ser correspondido.

Citando a Stephen Turner en “Declaración de intenciones” que ilustrar sarcásticamente el desamor: “Me dijo que me amaría toda la eternidad, pero lo redujo por buen comportamiento a ocho meses. Me dijo que encajábamos como el guante en la mano, pero cuando pasó el invierno, tales accesorios ya no eran necesarios. Ella dijo que el futuro era nuestro, pero la Escritura de la casa estaba solo a su nombre. Me dijo que yo era el único que la entendía completamente, y entonces me dejó, y dijo que sabía que lo entendería perfectamente.”

Aquello de “Vivieron felices y comieron perdices” “Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre” han pasado de moda, y nadie se atreve a afirmarlo con rotundidad y convicción. En España por ejemplo, por cada cuatro nuevos matrimonios, se rompen tres. España es junto a Bélgica, el país de U.E con mayor tasa de divorcios.

El amor se ha convertido en una quimera, o en el mejor de los casos, como un virus estacional, la gripe por ejemplo; uno se contagia con ella y pasado un tiempo se cura. Nuestra sociedad es profundamente hedonista, las personas buscan como fin último de su existencia, su propio bienestar. Por lo tanto ya no se concibe el compromiso de por vida, la entrega incondicional al otro, sufrir por quién se ama. Este nuevo paradigma y pragmatismo está haciendo estragos en las relaciones y familias occidentales.

Para una sociedad que ya no es capaz de comprender el sentido profundo de la palabra amar, y es incapaz de creer en el poder del amor, es una ardua y casi imposible labor igualmente acercarse a Dios como un Dios que ama, sufre por su pueblo y lo disciplina en ocasiones. Un Dios de amor y de justicia, que no tendrá por inocente al culpable. Según el apóstol Juan, el amor es la virtud cardinal indispensable que ratificará o no, la validez de nuestra teología práctica. Al describir a Dios tendemos a presentarle en términos demasiado humanos, o por el contrario, demasiado divinos, forzando el péndulo en uno u otro extremo.

El amor de Dios
Martín Lutero se quejó en una ocasión de Erasmo, diciendo que Erasmo no había hecho justicia a ese inefable misterio que es Dios: “Tus pensamientos acerca de Dios son demasiado humanos”, le dijo. A principios del siglo XX, otro teólogo, Karl Barth amonestó de forma similar a los teólogos liberales de su época. Dios es absolutamente otro, completamente diferente de cualquier concepto, o cosa con la que estemos familiarizados. No podemos categorizarlo, etiquetarlo, analizarlo, diseccionarlo y mucho menos domesticarlo. En ambos casos, el énfasis estaba justificado. Todos fácilmente podemos reducir a Dios a una clase de Santa Claus celestial, una proyección patética de nuestros anhelos de cuidado y seguridad paternal. Y hablar así del amor de Dios, cayendo fácilmente en la trampa del sentimentalismo humanista. Pero no es menos cierto que debemos igualmente evitar el extremo opuesto.

El apóstol Juan va a articular el más importante atributo de Dios a mi entender, usando un vocabulario surgido de la experiencia humana: “Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en él, y él en Dios” (1ª Juan 4:16b). Juan evidentemente no tiene el propósito de identificar a Dios con una fuerza, o energía mística que está es en todo y es todo, como afirmaban los poetas y filósofos panteístas, o George Lucas en su “Guerra de las Galaxias”. Y por supuesto no tiene absolutamente nada que ver con el pervertido amor del yoga tántrico, predicado por algún gurú hippie de los años sesenta. Cuando Juan proclama “Dios es amor”, está haciendo una declaración objetiva acerca del carácter del Dios creador que nos habla en la Biblia. Y al hacer esto nos propone una paradoja; Dios en Cristo, sigue siendo completamente Dios y verdaderamente hombre.

El amor sufriente
Comencemos con los hirientes sentimientos de Dios hacia su pueblo:“Cuando Israel era niño, Yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamé, tanto más se alejaron de mi presencia” (Oseas 11:1-2a) Oseas está describiendo un soliloquio. Dios no está dirigiéndose a nadie en particular. Esta hablándose a sí mismo. Por supuesto esto es un artificio dramático, por el cual el autor está intentando abrir una ventana por la cual introducir al lector en la escena. Oseas es lo suficientemente audaz para mostrarnos la mente de Dios, los pensamientos más profundos e íntimos de la deidad. ¿Podríamos usar apropiadamente la frase “los sentimientos de Dios”? ¿Qué vemos cuanto observamos tras esa ventana?, ¿Acaso una actitud indiferente, impasible que apunta al juicio por venir?, ¿La dignidad distante de un soberano omnipotente? No, al contrario, cuando miramos tras la ventana al corazón de Dios, es un corazón “roto” de un padre abandonado “Cuando Israel era niño,…”. Es la imagen de un hombre de un que se encuentra a un niño huérfano y se hace cargo de él para cuidarle. Está tan encariñado con él, que le redime de la esclavitud en la cual había nacido y le adopta como suyo propio “…de Egipto llamé a mi hijo”. En ningún otro lugar es la gracia de la elección divina de Israel descrita en términos tan conmovedores.

En el siguiente versículo 3, se describe la ternura del amor y la instrucción paternal de Dios: “Yo enseñé a andar a Efraín, le tomé en mis brazos, pero no reconocieron que yo cuidaba de ellos. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor; fui para ellos cual espuma del mar que acariciaba sus mejillas, y puse delante de ellos la comida (R.V). La imagen continúa con un padre que cuida a su hijo durante esos preciosos primeros años, tomándole de los brazos, ayudándole en sus primeros pasos, esperándole para recogerle antes de que pueda caerse. Es difícil imaginar ese trato de Dios con Israel siendo descrito con mayor afecto y cariño.

“Yo les enjaezaba (adornada) dirigiéndole con las riendas, les levanté como a un pequeño bebé y acerqué a mi mejilla. Me agaché para alimentarlos”. (N.E.B). Aún a pesar de las diferentes versiones de este versículo, no deja de sorprendernos el cuidado de Dios para con su pueblo, su condescendencia – el rey del universo, inclinándose para confortarlos, alimentarlos y guiarlos. Es una imagen de una belleza cautivadora. Ni tan siquiera en el N.T, el amor de Dios para con su pueblo es descrito en forma tan emotiva y sugerente como esta; la generosidad y gentileza de un padre. Lo trágico del pasaje, es que a pesar de toda esta bondad paterna, el objeto de su amor, cuidado y desvelo, se ha convertido en un hijo malcriado, áspero y rebelde: “Y no conocía que yo le cuidaba” (11:3b). Quizás muchos padres de jóvenes adolescentes puedan entender el trasfondo de estas palabras y el dolor que conllevan. El profeta Oseas provee consuelo para aquellos que hayan experimentado este tipo de rechazo en primera persona, por parte de sus seres más queridos y cercanos. Para nuestra sorpresa y asombro, Dios puede solidarizarse con nosotros por propia experiencia. Él sabe cuánto daño y dolor hemos podido recibir, pues Dios mismo no es ajeno al sufrimiento que produce un corazón roto.

Un amor airado
De los profundos sentimientos del dolor de un padre, de los versículos 1-4, pasamos a un estado anímico que se torna en enfado en los versículos .5-7. El profeta Oseas nos lo relata con palabras de Dios mismo: “No regresarán a la tierra de Egipto, pero el asirio, será su rey, por cuanto no quisieron arrepentirse. La espada traerá calamidad en sus ciudades y devorará entre sus manos. Y los consumirá a causa de sus intrigas. Mi pueblo se obstina en permanecer contra mi; invocaran a Dios y consultarán juntos, pero no será levantado” (Biblia Peshita). Después de todo, – dice Dios- en la servidumbre de Egipto fue donde le encontré, si lo tiene en poco, dejémosle volver, o puesto que ha despreciado mi cuidado paternal, que pruebe la tiranía del yugo del asirio. Les he llamado en multitud de ocasiones y han rehusado volverse de su maldad. Ahora me toca a mí hacerme el sordo.

Sabemos que estas palabras no son una mera advertencia, puesto que solo unos años más tarde, Israel sería engullido por la invasión asiria. La violencia de la guerra devastaría sus orgullosas ciudades y los sueños de la futura gloria y prosperidad de Israel, se desvanecerían entre el polvo de los carros, caballos y sus jinetes. Por lo cual, la ira, el enfado de Dios, no es aquí un mero artificio literario, con el propósito de provocar una reacción de temor en los lectores. ¡No!, la ira es real, el juicio es real.

Inevitablemente, y fruto de esta situación, se nos plantean ciertas cuestiones de difícil respuesta: ¿Cómo un Dios de amor puede juzgar? O más bien ¿Cómo un Dios que dice amar a su pueblo, puede permitir la invasión y destrucción de los suyos? Al reflexionar en estos interrogantes, debemos tener en cuenta que la ira y el enfado no son incompatibles con el amor. Es algo que todos los padres saben. De hecho, nos enfadamos mucho más con el desprecio, insulto o abuso que sufrimos por parte de aquellos a quienes más amamos, que de aquellos que no significan gran cosa para nosotros. El amor descrito por Oseas, es un amor airado, enfadado. La razón es el desamor e ingratitud hacia el amor de Dios, la misericordia del Dios del pacto “Hesed” mostrado incansablemente hacia Israel. El castigo no es menor que el desprecio recibido: “La espada traerá calamidad a sus ciudades”. No deberíamos nunca pensar que no habrá retribución para la infidelidad, ingratitud y rebelión de nuestro pecado.

Un amor apasionado
Hemos reflexionado acerca del amor sufrido o sufriente (versículos.1-4), el amor airado (vv.5-7) y ahora nos encontramos con el amor apasionado (vversículos.8-9). Hasta aquí no hemos hecho otra más que contemplar la batalla que se libra en el corazón de Dios. Las preguntas retóricas del versículo 8, parecen sugerir cierta confusión e indecisión por parte de Dios mismo, es como si dudase. La imagen nos muestra a un padre atribulado, profundamente angustiado. Que por una parte quiere disciplinar a su hijo desobediente, porque se lo merece, pero al mismo tiempo desearía abrazarle y apretarle fuertemente contra su pecho, y todo ello al mismo tiempo. La mención de las ciudades “Adma y Zeboín” proviene de la tradición judía que las sitúa en la llanura junto a Sodoma y Gomorra, habiendo sido destruidas junta con estas.

De nuevo este pasaje nos vuelve a plantear una serie de preguntas de lo más interesante: ¿Puede ser Dios realmente tan “humano”?, ¿Puede experimentar este tipo de emociones?, ¿Pueden sus pasiones si las tiene, llegar a confundirle, como a menudo lo hacen con nosotros?, ¿Cómo deberíamos, por lo tanto entender la resolución final a la cual Dios llega en el (v.9)?: “No ejecutaré el ardor de mi ira, ni volveré para destruir a Efraín: porque Dios soy, y no hombre, el Santo en medio de ti, y no entraré en la ciudad”. Oseas está usando a propósito un lenguaje excesivamente antropomórfico, atribuyendo a Dios cualidades humanas y mostrándonos de forma dramática el lado humano de Dios, una y otra vez. Ahora precisamente nos recuerda, que porque Dios no es como el hombre, existe la posibilidad de que ejerza su misericordia.

Dios no puede, ni quiere, negar el agravio y desprecio del cual ha sido objeto, ni tampoco puede negar la misericordia que su amor expresado en el Pacto le impulsa a ejercer. Por lo cual si existe una solución para este dilema, ciertamente es divina. Es porque Dios es Dios, y no hombre que puede conciliar ambos extremos. Dios, sin duda alguna, siente y sufre, pero no es esclavo como nosotros de sus emociones, que por otra parte no están contaminadas por el pecado como las nuestras.

El amor de Dios, su misericordia y gracia, nos es descrita en multitud de textos bíblicos: “Pero allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia…” (Ro.5:20), “No llevaré a cabo el furor de mi ira”, “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo, en propiciación por nuestros pecados” (1ª Juan 4:10).

Para Lutero, la ira de Dios es “la obra extraña de Dios”. Su ira es una respuesta al pecado. Hubo un tiempo en el cual no existía pecado alguno que Dios pudiera contemplar y odiar. Pero no ha existido tiempo alguno en el cual no haya habido un Hijo en el corazón de Dios al cual amar. Esa es la razón por la cual “Dios es amor, siempre lo ha sido, y eternamente lo será”.

¿Deseas contemplar el amor de Dios sufriendo, herido por tu pecado? ¡Mira a la cruz! ¿Deseas contemplar la ira de Dios y su enfado por tu pecado? ¡Mira a la cruz! Es la misma forma de la cruz, la que parece simbolizar la apasionada colisión, el choque de trenes, entre los sentimientos y emociones de Dios y su deber como Dios y Padre, esto es de lo que Oseas nos habla aquí. Allí en la cruz estas preguntas quedan respondidas y satisfechas. Su amor divino, toda su ira y su gran compasión y misericordia se encuentran en una catarsis perfecta.

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