AlmuñécarDigital
Diario Digital de la Costa de Granada

La inverosímil resurrección de Cristo

422

La verdad es que para muchos que se consideran cristianos la sola idea de la resurrección corporal de Cristo, y de una resurrección general al final de los tiempos, es del todo inverosímil. Aún a  pesar de que el credo apostólico afirme de forma dogmática y categórica esta doctrina con las siguientes palabras: “…creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable. Amén.”, no es fácil creer algo así.  Bueno, la verdad, y para ser sinceros, a los mismos discípulos y a los más devotos seguidores de Jesús les costó igualmente creer que tal cosa fuera posible. Es por esta razón, y con el propósito de entender esta asombrosa e increíble doctrina cristiana, que examinaremos uno de los encuentros personales de Jesús en el Evangelio de  Juan 20:1-18. Lo que nos encontramos en la primera parte de este pasaje es que la fe cristiana es por un lado imposible de comprender racionalmente, y por otro, que esta misma fe debe ser razonada y es razonable. ¿Qué es lo que quiero decir con esto?

La fe cristiana es un don de Dios
Jesús llevaba  diciendo a sus discípulos una y otra vez que él moriría y resucitaría al tercer día. En el Evangelio de  Marcos, capítulo 8:31,32 : “Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días. Esto les decía claramente. Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle.” Entonces en el capítulo 9:31,32: Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día. Pero ellos no entendían esta palabra, y tenían miedo de preguntarle.” Y en el capítulo 10:33,34 repite las mismas cosas que habían de suceder: “He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles; y le escarnecerán, le azotarán, y escupirán en él, y le matarán; mas al tercer día resucitará.” Lo que Jesús había dicho era tan conocido, que sus enemigos queriendo “curarse en salud” decidieron establecer una guardia a la entrada de la misma tumba (Mateo 27:62-66).

Aún así y a pesar de las repetidas predicciones, cuando María Magdalena va a la tumba de Jesús,  después de que “compraron especias aromáticas para ir a ungirle” (Mr.16:1), no lo hace esperando contemplarle resucitado. Al ver la piedra removida, sale corriendo, no para anunciar gozosamente la resurrección sino, al contario: “Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron. Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo. Y ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo.” (Mr. 16:6-8) María había escuchado hablar a Jesús acerca de su resurrección tan a menudo como los demás. Pero cuando esa mañana lo predicho se cumplió, esperaríamos que exclamase: ¡Él ha resucitado! ¿Cómo ha podido suceder? Pero no sucede, eso, sino todo lo contrario. Todas las evidencias del cristianismo pueden estar en frente a nuestras narices y no ser conscientes de ello. El mensaje puede ser tan claro como el agua cristalina y aún así parecernos indescifrable. Puesto que hay algo, una ceguera espiritual, una inherente incredulidad en todo ser humano que le impide creer. María está allí mismo – la tumba vacía – y ella no puede comprenderlo. Es incapaz de procesar lo que está ocurriendo. De lo cual deducimos, que  la fe es imposible sin una intervención sobrenatural de Dios mismo impartiéndonos la luz que necesitamos.

María no creyó en la resurrección hasta Jesús salió a su encuentro. Ella estaba “temblorosa y llena de espanto”.  Jesús se le aparece allí mismo y aclara su mente y llena su corazón de confianza (Mt. 28:10; Mr. 16:9-11). Tú necesitas su ayuda también, ¡pídesela! Si estás buscándole, quizás esta sea una señal de que Él mismo está  guiándote en el proceso de conocerle personalmente. Nosotros somos totalmente incapaces de encontrarle, si Él no nos busca primero. Y como María, Jesús puede estar a tú diestra y tú sin poder verle. Por lo tanto, esta fe es imposible para nosotros. Y aún así, Jesús dice, Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible.” (Mt.19:26)

La fe cristiana es racional y se basa en evidencias
Aunque la fe cristiana no puede ser entendida  en su totalidad de forma racional, no es menos cierto que eso no la hace menos racional. Quiero decir con esto, que la fe se basa en evidencias que la sostiene.

¿Por qué María, Juan y Pedro no acamparon alrededor de la tumba de Jesús? Quizás nos sorprenda escuchar a Jesús repetirse una y otra vez “y resucitaré la tercer día”, y a pesar de ello, en ese tercer día sus discípulos y seguidores no estaban reunidos y expectantes a primera hora alrededor de la tumba. Incluso María Magdalena, apasionada y devota seguidora de su maestro, huye despavorida sin considerar la posibilidad de que Él haya podido resucitar, al contemplar la tumba vacía. ¿Por qué no estaban allí esperando el milagro? ¿No habían visto suficientes milagros? ¿No había Jesús resucitado a Lázaro? ¿No podían esperar uno mayor?

Nosotros, lectores del siglo XXI, pensamos que la gente del pasado era muy supersticiosa, y en parte es cierto. Muchos de nuestros antepasados creían en toda clase magia, milagros, seres sobrenaturales, y poderes en los que no creemos hoy en día. Esto hace que haya quien concluya que los discípulos de Cristo eran ignorantes y crédulos. Y no solo ellos, sino la mayoría de sus conciudadanos, y que por lo tanto aceptarían sin dudar la resurrección de Jesús, pero nada más lejos de la realidad. El problema con esta teoría es que es totalmente errónea. Pues que al parecer no creían ni contemplaban la posibilidad de que tal cosa sucediera.

Los relatos que poseemos acerca de la resurrección no nos muestran para nada a los crédulos e ignorantes discípulos esperando la resurrección, sino todo lo contrario. Irónicamente, los discípulos eran tan incrédulos como lo son hoy en día la mayoría de las personas. Necesitaban evidencias y testigos a fin de creer.

Hay en este pasaje otra evidencia significativa de que este relato de la resurrección no es una historia premeditada de tipo propagandístico. ¿Quiénes son los primeros testigos? El Evangelio de Juan nos relata que el primer testigo de la resurrección fue María Magdalena, una mujer. Y todos los expertos bíblicos e historiadores, afirman que en aquella época una mujer no podía testificar en un juicio judío o romano. Su testimonio sería un cero a la izquierda. Esto quiere decir que si los seguidores de Jesús se estuviesen inventando una historia a fin de promover el incipiente movimiento cristiano, nunca llamarían como principal testigo a  una mujer. Y aún así, en los relatos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, los primeros testigos son mujeres.

La fe contiene un componente racional. Observemos lo que dice este pasaje: Así que fue corriendo a ver a Simón Pedro y al otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: — ¡Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto! Pedro y el otro discípulo se dirigieron entonces al sepulcro. Ambos fueron corriendo, pero, como el otro discípulo corría más aprisa que Pedro, llegó primero al sepulcro. Inclinándose, se asomó y vio allí las vendas, pero no entró. Tras él llegó Simón Pedro, y entró en el sepulcro. Vio allí las vendas y el sudario que había cubierto la cabeza de Jesús, aunque el sudario no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.”  (NVI. Juan 20:2-7)

La palabra vio “blepo” en griego, significa no solo ver sino pensar, reflexionar. Pedro entra, y quizás piensa algo parecido a esto “Si fueron amigos lo que tomaron el cuerpo, que justificaría deshonrar el cuerpo llevándoselo desnudo. Sin duda se lo llevarían con el sudario y las vendas. Y si por el contrario fueron sus enemigos qué sentido tendría, que dejasen el sudario enrollado y todo recogido.” Pedro piensa seriamente, buscando una respuesta, probando las diferentes hipótesis. La fe es mucho más que un mero ejercicio racional. Es cierto que no se puede  llegar a la fe por medio de la razón sola, y aun así la fe puede y debe ser razonada (1 Pedro 3:15). Nuestra fe no es la del Herrero

  • ¿Qué cree usted?
  • Lo que cree la Iglesia.
  • ¿Y qué cree la Iglesia?
  • Lo mismo que creo yo…

Tampoco podemos tener una fe real sin razonar. ¿Por qué? Porque la fe madura implica la totalidad de la persona, su intelecto debe estar comprometido, así como lo están sú voluntad y sus emociones y afectos.

La fe es un don que recibimos por gracia
En el Jardín del Edén, Dios preguntó a los desobedientes Adam y Eva: ¿Dónde estás? —Escuché que andabas por el jardín, y tuve miedo porque estoy desnudo. Por eso me escondí.¿Y quién te ha dicho que estás desnudo? — le preguntó Dios—. ¿Acaso has comido del fruto del árbol que yo te prohibí comer? (Gn. 3:9,10,11) A Jonás el profeta rebelde, le preguntó: ¿Tienes razón de enfurecerte tanto por la planta? Los que se dedican a la consejería saben muy bien que no basta simplemente con decirles a las personas como deben vivir. Al contrario, es mucho más provechoso hacerles preguntas. Estas  ayudan a las personas a reconocer sus errores, a descubrir y abrazar la verdad en sus corazones. Las preguntas que Jesús hacía tenían un propósito similar: ¿Por qué lloras, mujer? (Juan 20: 14) Es una suave reprensión a María, un llamado a despertar: “¿A quién buscas? Ella, pensando que se trataba del que cuidaba el huerto, le dijo: —Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo ha puesto, y yo iré por él.” (20:15) Es conversación es una invitación a conocerle más profundamente, a reconocer que por grande que fuese su devoción por el Señor no lo es lo suficiente, ni su comprensión del poder de Dios.

La gracia de Jesús es palpable. María busca al Cristo equivocado. A un Cristo muerto. A un Cristo infinitamente más pequeño de lo que Él es. Por lo cual nunca lo hallará, a no ser que Él mismo se le revele. Jesús vino a su encuentro y con dulces palabras abrió su corazón. La fe  que María recibe es dada por gracia – no la gana, ni la posee, ni la merece, es un regalo de Dios.

En el momento en que María es plenamente consciente de que Jesús vive y que ha vencido al la misma muerte, Él la envía a compartir el mensaje: Ve más bien a mis hermanos y diles: “Vuelvo a mi Padre, que es Padre vuestro; a mi Dios, que es Dios vuestro”. (Juan 20:17). En un sentido, ella se convierte en el primer cristiano ¿Por qué? Bueno, ¿Qué es un cristiano? Un cristiano es alguien que cree que Jesús murió y resucitó. Un cristiano ha tenido un encuentro espiritual y personal con este Cristo resucitado, real como María, o figurado. Y en este preciso momento María es la única persona en el mundo que puede afirmar tales cosas.

¿Acontece esto por accidente? No, yo no lo creo. Jesús podría haber preparado de antemano a cualquier otro mensajero. Él la escogió a ella. Y significa específicamente que escogió a una mujer y no a un hombre… La salvación no tiene en cuenta el pedigrí, no está basada en logros morales, inteligencia y talento, capacidad de esfuerzo, no tiene que ver con el color de la piel o el sexo, etc. Jesús vino a salvarla por medio de su obra en la cruz, y no por lo que María pudiese hacer u ofrecerle.

Martín Lutero relatando su experiencia de conversión, recuerda, que fue monje, estudiante y profesor de las Sagradas Escrituras, y describe lo que le sucedió con estas palabras: “En el evangelio la justicia de Dios es revelada (Romanos 1:17)… Yo odiaba esa palabra “justicia de Dios…” Aunque viví como un monje sin reproche, Yo sentía que era un pecador ante Dios con una conciencia atormentada. No creía poder aplacar su justa ira con mis buenas obras. Entonces comencé a entender la justicia de Dios, por la cual el justo vive por medio del regalo de Dios, llamado fe. En aquel momento sentí que nacía de Nuevo y había entrado al paraíso mismo a través de sus puertas abiertas”

Jesús dice a María: “Suéltame, porque todavía no he vuelto al Padre.” Es un poco desconcertante, que cuando se encuentra después con Tomás, deja a Tomás que le toque. Y cuando encuentra a las mujeres al final del Evangelio de Mateo, les permite tocarles también – ellas caen a sus pies. Entonces, ¿Por qué dice esto a María? Es fácil imaginársela intentado asirse de él, diciéndole ¡Te perdí una vez, pero no te dejaré de nuevo! Jesús le contesta: “María, cuando yo ascienda y me siente a la derecha del Padre, no te dejaré. Enviaré mi Espíritu, y a través de mi Espíritu tu experimentarás mi presencia, mi paz y amor día y noche”.

No hay dos personas que hayan llegado a la fe en el Cristo resucitado de la misma forma. Si lees el capítulo entero, verás que Juan, Pedro, María y Tomás (que se encuentran con Jesús en el capítulo veinte) son abordados por Jesús de forma diferente. Pero hay algo que todos tienen en común. Creyeron que Él había muerto en su lugar y resucitado para justificarles (perdonarles). Descansaron en su obra perfecta en la cruz en lugar de las “buenas obras” que ellos pudieran hacer a fin de impresionar a Dios. No hay nada más que pueda impresionar al Padre, que el sacrificio de su Hijo. Comprometieron sus vidas con Él en gratitud por lo que había hechos a su favor, sin merecerlo.

“Cuando nuestro Señor estaba muerto, cuando el cadáver frío como la arcilla estaba enterrado, vigilado por la soldadesca romana, con un sello sobre la piedra que cerraba el paso, ¿no estaba la causa en un riesgo mortal? Pero, ¿qué tal le fue? ¿Se extinguió? Cada uno de los discípulos que Jesús había llamado le abandonó, y huyó, ¿y no estaba entonces destruido el cristianismo? No, ese preciso día nuestro Señor ganó una victoria que sacudió a las puertas del infierno y provocó que el universo se quedara asombrado.” (C.H. Spurgeon)

Pero lo que este pasaje nos recuerda igualmente, es que no debemos olvidar que hay muchos caminos para llegar al final a esta clase de fe, la fe del evangelio, la fe apostólica, la fe en Cristo como único y suficiente Salvador. La fe en la resurrección y el resucitado. Pues no hay dos personas iguales y Dios es un Dios personal.

Te puede interesar
Recibe nuestra newsletter
Las noticias del día. (Lunes a viernes a las 20 horas)
Sin Spam, sólo noticias
Puedes darte de baja en cualquier momento
Al darte de alta aceptas nuestra Politica de privacidad

Como cualquier otro medio o página web, utilizamos cookies en nuestro sitio web
para personalizar contenido y publicidad, proporcionar funcionalidades a las redes sociales, o analizar nuestro tráfico.

Aceptar y continuar navegando Saber más