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Las 5 Solas de la Reforma Protestante

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Como se suele decir, lo que separa a Roma de la Reforma, no es lo que una cree y otra no, sino lo que cree de más. Tal y como solía decir Grau, la diferencia está en una “y” griega. Es lo que añade el catolicismo-romano, no lo que quita. Lo que suma, no lo que resta. Es por eso que el resumen de la Reforma en cinco “solas”, sigue siendo la forma más apropiada de describir la fe evangélica o protestante: Sola Scriptura, Sola Fide, Sola Gratia, Solus Christus y Soli Deo Gloria.

Aunque la lista misma de las cinco “solas” sea posterior a la Reforma, reflejan muy bien las inquietudes históricas de los principales reformadores e iglesias protestantes que aparece en diferentes países europeos, tras el intento multinacional de reformar la iglesia católica. A la resistencia inicial, sucede un claro rechazo, que hace fracasar el intento de conciliación del Coloquio de Ratisbona en 1541. Desde el primer momento se hace evidente que Roma no va a aceptar un cambio doctrinal.

Cuando luego se ha habla de una “reforma católica”, a lo que se refiere es a un cambio moral de costumbres, no a las creencias formuladas en el Concilio de Trento (1545-63), que constituye para los protestantes, el catolicismo-romano. Las iglesias que nacen de la Reforma se consideran continuidad de la Historia de la Iglesia católica, o sea universal, durante dieciséis siglos. Es a partir de Trento, que se conforma el católico-romano. Lo que, para los reformadores, es una contradicción en términos. O se es católico, o se es romano, pero no se puede ser las dos cosas a la vez, como el catolicismo-romano pretende.

El problema siempre es que Roma suma, no resta. Es por eso que a tantas personas les resulta difícil entender las diferencias entre católicos y protestantes. Si creen lo mismo, nos dicen. La cuestión no es lo que uno afirma y el otro niega, sino lo que Roma añade con su tradición y magisterio vivo a la enseñanza de la Escritura, que es la única autoridad para la fe evangélica. Es por eso que este resumen doctrinal tiene que partir siempre de la Sola Scriptura, negada hasta el día de hoy, incluso por algunos teólogos e iglesias protestantes

Las “solas” de la Reforma no nacen de una controversia, sino del estudio de la Escritura. Se trata de una vuelta a las fuentes del cristianismo (ad fontes), a la autoridad del texto inspirado y suficiente de la Biblia. No es una innovación. Lo que se ve históricamente como una reacción a Roma, no es teológicamente, más que la sumisión obediente al tutelaje de la Escritura. Es por eso que las cinco “solas” se han de demostrar bíblicamente, para afirmar su verdad. No basta la aceptación de una tradición o la afirmación de una autoridad eclesial.

Sola Escritura
Si el resumen de la fe cristiana es “sólo Cristo”, tenemos que preguntarnos cómo conocemos a Cristo. Ya que, si hay otra forma más fiable de conocimiento que la Biblia, entonces sobra el principio reformado de “Sola Scriptura”. La fe evangélica descansa en el hecho de que no podemos separar a Cristo de sus palabras (Juan 5:39). Es el testimonio al que Él mismo apela, la Escritura. Y es Cristo mismo quien nos dice que conociendo a Él, conocemos al Padre (Jn. 14:9).

Si la “Sóla Escritura” describe la manera en que conocemos a Dios, ese es también el modo en que podemos saber la verdad de lo que conocemos y creemos. ¿Por qué el cristiano se ha de someter a la autoridad de la Biblia? Porque Jesucristo mismo se somete a la autoridad de la Escritura en su modelo de oficio profético, al revelar a Dios como el Padre. Una y otra vez pregunta: “¿no habéis leído?, ¿no está escrito?”. Corrige a los saduceos diciendo: “erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios” (Mateo 22:29).

Jesús afirma que “la Escritura no puede ser quebrantada” (Juan 10:35). Ante las tentaciones de Satanás –como observan los reformadores–, no apela a ninguna otra autoridad que a lo que “escrito está” (Mateo 4:4, 7, 10). Es evidente que Jesús entiende las Escrituras como las propias palabras de Dios. Los evangelios citan el Antiguo Testamento como palabras de Dios. Basa sus argumentos hasta en las letras más pequeñas del alfabeto hebreo (Mt. 22: 43-45).

En un sentido, esto no es que lo que se debate en la Reforma. A pesar de los vanos intentos de autores contemporáneas por pretender que no sólo Lutero, sino hasta el propio Agustín, no tenían esa concepción de la Escritura, hasta Roma mismo cree en la inspiración y autoridad de la Escrituras. Cuando el reformador o cualquier Padre de la Iglesia habla de la relativa importancia de un texto bíblico – como hace Lutero en su famosa frase sobre Santiago como una “epístola de paja” –, no está negando su autoridad, sino considerando el principio de jerarquía de doctrinas –que viene de Agustín–, por el que no toda creencia tiene la misma importancia para la salvación.

El problema de la “sola Escritura” no es el de la inspiración y autoridad de la Biblia –eso es el de la teología moderna–, sino la afirmación de los reformadores de que la Escritura tiene la única autoridad final. ¿Por qué insiste el protestantismo en esto? Es porque Jesús lo hizo en sus debates con los fariseos, que, como Roma, no negaban autoridad a la Escritura, sino su carácter único, frente a la tradición oral de los judíos. Lo único que añade a las Escrituras hebreas, es su propia enseñanza y la de los apóstoles (Juan 14:25-26; 15:26-27; 16:12-15). Es por eso que Pedro describe las cartas de Pablo como Escritura (2 P. 3:16) y Pablo usa el mismo término para referirse a un texto de Lucas (1 Timoteo 5:18).

Las confesiones y catecismos de la Reforma dependen de su conformidad a la Escritura. Eso no quiere decir, como algunos caricaturizan la “sola Escritura”, que la Biblia por su inspiración, se pueda separar de Dios, habiéndose hecho independiente, como un ídolo, “papa de papel”. Es la Palabra expirada de Dios, la viva voz de Dios mismo, su carta de amor a un mundo agonizante. Es la Biblia misma, la que habla del poder vivificador de la Palabra de Dios (Salmo 33:6). Su Palabra es como su aliento, que puede crear, dar vida a Adán (Génesis 2:7) y a Israel, cuando está espiritualmente muerto (Ezequiel 37:9-10). Es en ese sentido que Pablo dice que “toda Escritura es inspirada por Dios” (2 Timoteo 3:16).

Esto no es un argumento circular. Si apelamos a la Escritura para demostrar su autoridad, es porque creemos que hay un principio primero: Dios mismo, tal y como se revela en su Palabra. Y los reformadores creían que en ella hablaba claramente. No hay para ellos, un problema de interpretación, porque confían en la suficiencia de su poder y claridad. Eso no es despreciar la teología, ni la hermenéutica. Hay un desarrollo en la comprensión de la Escritura, por el que ahora entendemos mejor, doctrinas como la trinidad, la encarnación o la justificación, después dos mil años de reflexión sobre el texto. Ahora bien, no por la autoridad de la Iglesia, sino por la autoridad activa que tiene la Palabra misma, por la obra de Dios a través de su Espíritu. Ella se basta para mostrarnos su significado, porque Dios habla claramente por medio de ella. Es en ese sentido que decimos que es suficiente.

El debate en realidad no es sobre la autoridad de la Biblia, sino sobre la de Jesús mismo –como dice John Murray–, ya que es la integridad de su testimonio, la que está en cuestión. Es por eso que con John Stott, no podemos separar la autoridad de la Biblia, de la de Cristo mismo. La “Sola Scriptura” nos lleva inevitablemente al “Solus Cristus”. Jesucristo ha unido su autoridad a la de la Escritura. Es imposible seguirle fielmente, sin someterse a ella. El seguimiento de Jesús supone la fidelidad a la Escritura.

Solo Cristo
Jesucristo es el primero y el último (Apocalipsis 1:17). Es Aquel por el que todas las cosas fueron creadas y en Él existen (Colosenses 1:16-17). El es la “imagen del Dios invisible”, donde habita la plenitud del Padre (Col. 1:15, 19). Como dice Warfield, Cristo “no hace tanto una revelación de Dios, como que Él mismo es la revelación”.

A los reformadores les gustaba describir el carácter único de Cristo en relación con su triple oficio de profeta, sacerdote y rey. Así la Epístola a los Hebreos comienza mostrando la singularidad de su revelación, para seguir hablando del carácter único de su sacerdocio. Como sumo sacerdote sin mancha, ha hecho un sacrificio final y suficiente para el rescate de su pueblo, como dice el capítulo 7. “Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5).

¿De qué hablamos cuando hablamos de Dios? La Escritura nos dice que no hay nada en Dios que no haya en Cristo, puesto que “nadie conoce al Hijo, sino el Padre y nadie conoce al Padre sino al Hijo, porque Él lo ha dado a revelar” (Mateo 11:27). En El Dios en que creemos no hay nada que no sea como Cristo. En Él habita la plenitud de la Deidad (Juan 14:9-10).

La fe evangélica, como la entendieron los reformadores, ha de ser profundamente cristo-céntrica. Es a Cristo a quien predicamos, y a este crucificado (1 Corintios 1:23). La teología de Lutero es la teología de la cruz. Para algunos, “piedra de tropiezo” y para otros “necedad”, pero para el que cree, “poder y sabiduría de Dios” (v. 24). Ya que nadie puede venir al Padre, si no es por medio de Él (Juan 14:6). Es por eso que no debemos predicarnos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús.

Sola Gracia y Sola Fe
Para entender la fe evangélica, hay que pasar de la sola Escritura a sólo Cristo, para descubrir finalmente que es sólo por gracia y sólo por la fe. Lo que se presupone, es lo que hoy menos se entiende: la doctrina del pecado. Ya que no es posible hablar de salvación sin reconocer el estado desesperado del ser humano. Los reformadores sabían esto. Esa es “la verdadera cuestión, la esencia del problema en disputa”, le dice Lutero a Erasmo, que sobrestimaba la capacidad humana.

La necesidad de encontrar la justicia fuera de nosotros, es para los reformadores, porque estamos “muertos en delitos y pecados” (Efesios 2:1). En esto Calvino sigue a Lutero, y Lutero a Agustín. La “esclavitud de la voluntad” sobre la que todos ellos hablan, es la que explica la sola suficiencia de la gracia divina. Es la enseñanza del apóstol Pablo mismo, que explica la salvación en términos de resurrección (Ef. 2:5). Es Dios quien nos da nueva vida. Se trata de una obra soberana, como la de la creación (v. 10). Somos “salvos por su gracia”, como un “don de Dios” (Efesios 2:8).

La “sola fe” es una consecuencia de la “sola gracia”. Es por eso que debemos verlas unidas, no por separado. La exclusión de las obras, como causa de la justificación, nos lleva de nuevo a la enseñanza paulina. No es un invento de Lutero, Calvino, o los 39 Artículos de la Iglesia de Inglaterra. Es Romanos 4. Abraham no fue justificado por las obras, ni David tampoco (v. 6). No hay otra salvación en el Antiguo Testamento, más que por la fe. Así mismo el cristiano se salva “sólo por la fe”, no por “las obras de la ley”.

No es que la fe sea la base moral de la justificación. Creer nos justifica, porque nos une a Cristo, cuyos solos meritos es la base de la justificación, al llevar el pecado y darnos su justicia. Esa fe, por supuesto, no va sola, pero es la única forma en que podemos ser salvos. Las obras son el fruto de nuestra unión con Cristo. Esto no es indiferencia a la moralidad, sino entender cómo obra el Espíritu de santidad, por medio de la unión con Cristo. Esta es la gran doctrina de la Reforma, no la justificación.

Soli Deo Gloria
La pregunta de cuál es el sentido de la vida, no es un descubrimiento del existencialismo, sino la razón misma de la Reforma. El propósito de todo está en Dios mismo. La creación no fue hecha a causa de nosotros, sino para mostrar la gloria de Dios en Cristo Jesús. Es a Él a quien debemos reconocer. Dios no comparte su gloria con ningún otro (Isaías 42:8). Es porque el Hijo es Dios, que ha de ser glorificado, como sólo el Padre puede serlo.

El es digno de nuestra adoración y busca nuestra alabanza. La gloria de Dios ha de ser el motivo de toda nuestra vida. “Sea que comamos o bebamos, o hagamos cualquier otra cosa, debemos hacerlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). “Soli Deo Gloria” es el resumen de las cuatro “solas” anteriores. No es la creación, ni la criatura, la que ha de ser celebrada, sino el Creador. A Él sólo sea la gloria.

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