Las últimas y paradójicas horas de Jesús de Nazaret

Religión

0

La palabra “paradoja” procede del griego (para-doxos) y significa etimológicamente “más allá de lo creíble”. Esta es probablemente la mejor definición. En general, una paradoja es una afirmación o razonamiento que nos lleva a una contradicción, real o aparente.

Las últimas horas de Jesús de Nazaret, su juicio y crucifixión nos plantean algunas de las más asombrosas paradojas en las que podamos meditar. En palabras del profesor de literatura medieval de Oxford, C.S. Lewis, “El hijo de Dios se hizo hombre, para que los hombres pudieran llegar a ser hijos de Dios”. A fin de cumplir este propósito el Señor tuvo que experimentar la humillación y el desamparo más absolutos. Para ello reflexionaremos sobre cuatro paradojas: El supremo juez juzgado, El único inocente condenado, La luz engullida por las tinieblas, y por último Victoria en la derrota.

El supremo juez juzgado
“Trajeron, pues a Jesús al sumo sacerdote, y se reunieron todos los principales y los ancianos y los escribas. Y Pedro le siguió de lejos hasta dentro del patio del sumo sacerdote; y estaba sentado con los alguaciles, calentándose al fuego. Y los principales sacerdotes y todo el concilio buscaban testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte; pero no lo hallaban.” (Marcos.14:53-55)

Primeramente, Jesús es juzgado por las autoridades religiosas. Su caso es eminentemente teológico, pues tiene que ver con las creencias del pueblo, con la Ley de Moisés, y con su aclamación popular como Mesías. Quizás no haya nada más sobrecogedor que ser reo en un juicio en el que tu propia vida esté en juego y penda de un hilo. Estar frente al juez y al jurado conlleva una enorme carga dramática y emocional. Solo y de pie, siendo acusado falsamente, y llamado a testificar:

“Entonces el sumo sacerdote, levantándose en medio, preguntó a Jesús, diciendo: ¿no respondes nada? ¿Qué testifican estos contra ti? Más él callaba y nada respondía. El sumo sacerdote le volvió a preguntar, y le dijo. ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? Y Jesús le dijo: Yo soy, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.” (Marcos.14:60-62)

El sumo sacerdote tiene a Jesús en el estrado y la pregunta es: ¿Eres tu el Cristo (el Mesías), el Hijo del Bendito?. Jesús ha evitado contestar preguntas parecidas acerca de su identidad en diferentes ocasiones, por ejemplo en Marcos 7:5,6; o contesta a la gallega, devolviendo la pregunta: “y le dijeron: ¿con qué autoridad haces estas cosas, o quién te dio la autoridad para hacer esto? Y Jesús les dijo: yo también os haré una pregunta; respondédmela y entonces os diré con qué autoridad hago estas cosas” (Marcos.11:28,29). Pero en esta ocasión no elude la pregunta y responde: “Yo soy, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo entre las nubes del cielo.” (v.62).

Las expresiones “Hijo del Hombre” que Jesús aplica a sí mismo y que aparece en el libro de Daniel 7:3, así como la expresión “a la diestra”, citando el Salmo 110:1, son harto conocidas por todos en la sala. Todos los miembros del Sanedrín, saben quién es el “Hijo del Hombre” que llega a la tierra entre las nubes del cielo desde el trono de Dios para juzgar al mundo.

La primera y asombrosa paradoja es esta, que el juez de todo el mundo está siendo juzgado por el mundo representado en aquella sala, por el Supremo Consejo Judío, Pilato y Herodes más tarde. Jesús debería sentarse en el lugar del juez y nosotros deberíamos ocupar el banco de los reos.

El sumo sacerdote se rasga las vestiduras, señal de la mayor y más grande ofensa… “Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Habéis oído la blasfemia; ¿qué os parece? Y todos ellos le condenaron, declarándole ser digno de muerte. Y algunos comenzaron a escupirle, y a cubrirle el rostro y a darle puñetazos, y a decirle: Profetiza. Y los alguaciles le daban bofetadas.” (Marcos.14:62-65). El jurado y los jueces comienzan a escupirle y golpearle. La locura general invade la sala. Le declaran culpable de blasfemia (Levítico.24:16). Aunque esta no es la primera vez que es acusado de blasfemia. Lo fue cuando afirmo tener potestad para perdonar los pecados a los hombres en el evangelio de Lucas 5:20.21. Cuando dijo que él y el Padre eran uno, en el evangelio de Juan 10:30,31. Y cuando conscientes de quién Jesús afirmaba ser, le acusaron diciendo: “Tú siendo hombre te haces Dios”.

A continuación fue juzgado por la autoridad político-militar, como se nos relata en el evangelio de Marcos 15:1-5. Pilato no quería juzgar el caso. Vacila, intenta maniobrar y evitar la responsabilidad, pero como buen político, tiene otro “as en la manga”. Existía la costumbre de soltar a un reo en ocasiones especiales (Marcos 15:6-10) y la Pascua lo era. Barrabás, el otro reo, era un hombre violento (probablemente un líder terrorista zelote), acusado de asesinato. ¿Liberará Pilato a un hombre culpable y condenará a un inocente? ¡Esa es la cuestión! (Marcos 15:11-15).

En la obra de Albert Camús, “Calígula”, vemos que: “…cuando llega a su consumación la tragedia, Calígula mata a su amante Cesonia, intérprete de todos sus deseos, advirtiéndole que ella también era culpable, de esa culpa colectiva explicada antes y achacable a todos sus súbditos. Sin embrago, en la gran escena final, mientras espera la llegada de los conjurados decididos al fin a tomar venganza por las humillaciones soportadas durante tanto tiempo, se considera culpable en un mundo de reos: ¡Calígula! También tú, también tú eres culpable. O sea, que el fondo es igual un poco más o un poco menos… ¿Pero quién osaría condenarme en este mundo sin juez, en el que no hay nadie inocente? (IV,14)

Lo que Camús, y su personaje Calígula desconocen, es que este mundo tiene un juez, uno que juzgará a vivos y muertos, y que “no tendrá por inocente al culpable”. Solo hay uno inocente y sin pecado,  y ese es el Hijo del Hombre. Jesús incluso a los ojos de Pilato fue hallado inocente: “Y Pilato dijo a los principales sacerdotes y a la gente. Ningún delito halló en este hombre” (Lucas 23:4).

La pregunta nº 38 del Catecismo de Heidelberg nos da luz sobre este trágico y asombroso acontecimiento: “¿Por qué padeció bajo el poder de Poncio Pilato juez? Para que, inocente, condenado por el juez político, nos librase del severo juicio de Dios, que había de venir sobre nosotros.

El único inocente condenado
La crucifixión era el método de ejecución más humillante y cruel. Los romanos lo reservaban para los criminales de la peor calaña. Era un espectáculo largo, sangriento. Un espectáculo público de dolor extremo que normalmente se consumaba con una muerte horrible por fallo cardíaco o asfixia. Sin embargo Marcos no pone el énfasis en este aspecto morboso de la muerte de Jesús (Marcos 15:20-24; Salmo 22: 7,14; 16:18).

“Después de haberle escarnecido, le desnudaron la púrpura, y le pusieron sus propios vestidos, y le sacaron para crucificarle. Y obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que llevase la cruz. Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera. Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; más él no lo tomó. Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes sobre ellos para ver qué se llevaría cada uno.” (Marcos 15:20-24, Salmo 22:7,14,16-18).

Allí estaba el hombre que había calmado tormentas, había sanado enfermos y burlaría la misma muerte. Aquel que había entrado en victoria y entre cánticos de júbilo en Jerusalén “Hossana, Hossana, Bendito…” ¿Cómo era posible que estuviera ocurriendo esto? Sin duda, era: “El justo, muriendo por los injustos para llevarnos a Dios”.

La luz engullida por las tinieblas
Los acontecimientos más importantes de las últimas horas de Jesús tuvieron lugar en medio de la oscuridad. La traición en el huerto de Getsemaní, el juicio ante el Sanedrín, ante Pilatos y Herodes. Pero ahora en el momento álgido, en el momento de su muerte, aunque es pleno día, la luz del sol es engullida por la más densa oscuridad. “Desde el medio día, hasta la medía tarde quedó toda la tierra sumida en la oscuridad”; es decir desde “la hora sexta” las 12 del medio día a “la hora novena” las 3 de la tarde.

“Una mano de lo alto cubrió el Sol. Cuando el salvador nació la noche se iluminó y la gloria del Señor les rodeo con resplandor” En el Gólgota el día dio paso a la más tenebrosa oscuridad. En Belén los ángeles adoraron a Dios (Lc.2:13). En el Gólgota legiones de huestes de las tinieblas llenaban la impenetrable oscuridad. Esperando que al fin las tinieblas por fin triunfasen sobre la luz.

En la Biblia, la oscuridad diurna, es interpretada y considerada como una señal del desagrado de Dios. Un claro ejemplo de ello es lo ocurrido en Egipto; la oscuridad, la penúltima plaga, justo antes de la Pascua (Ex.10:21-23). Dios estaba juzgando a Egipto. Pero ahora ¿Sobre quién recaía el justo juicio de Dios? , Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”(Mt.27:46)

El Sol es el astro que hace posible la vida en el planeta, y Dios es el que hace posible la existencia de éste y de lo todo creado y toda criatura. Podemos ver y vivir gracias al astro rey, es la fuente de toda vida. Todo gira en nuestra galaxia a su alrededor.

Lo que sucede en el Gólgota es lo más increíble e inaudito que hombre o ángel haya podido contemplar. El autor de la vida, la vida misma experimentando la muerte. Las mismas puertas del Hades se abrieron, y se tragaron al Señor, que sufrió allí todo el horror del mismo infierno en nuestro lugar, es decir la usencia del Padre.

Victoria a través de la derrota (Mr.15:35-39)
La cortina del lugar santísimo, donde moraba la gloria (shekkináh) de Dios, y que separaba al pueblo representado por los levitas de la presencia de Dios, se rasgó. Sólo una vez al año, el sumo sacerdote podía entrar, en el día del sacrificio pascual. Y fue en el momento justo en el cual “el cordero de Dios” expiró, que esa cortina se rasgó; se rasgó de arriba abajo, abriendo un camino de regreso a Dios.

Ante este más que sorprendente evento ¿Cuál será nuestra respuesta y actitud? ¿Quién era aquel que moría? Aquel inocente. Esta es la pregunta del millón, de una importancia vital y que debe ser contestada por cada uno de nosotros con sinceridad. La respuesta del centurión romano fue: “Verdaderamente este era el Hijo de Dios”. La única persona a la cual el centurión se hubiese atrevido a llamar “Hijo de Dios” hubiera sido el Cesar romano. Este hombre de armas, sin duda habría contemplado la muerte cara a cara en multitud de ocasiones y la habría infringido él mismo. Era un hombre curtido en la batalla. ¿Qué fue lo que vio el centurión? No sé si has visto fallecer a alguien, es algo que no se olvida fácilmente. Puede que hayas visto morir a una o dos personas. El centurión había visto morir a muchas, pero vio algo en la muerte de Jesús que fue radicalmente diferente. La ternura de Jesús, el perdón que brotó de sus labios agonizantes, a pesar de la horrible tortura a la que se veía sometido, debió atravesar la dureza del corazón del centurión. La belleza de Jesús en su muerte, debió inundar la oscuridad de su corazón con la luz de Dios.

El Señor Jesucristo, por primera vez en su eternidad, no siente el amor del Padre, no experimenta su compasión, no percibe que le sostenga. Antes, el Padre era su sol, ahora el sol se vuelve completa oscuridad. Estaba sin Dios, completamente solo, desamparado. Todo lo que Dios había sido para él, ahora había dejado de ser. Se encontraba sin Dios, privado de su comunión. Experimentando el sentimiento de los condenados, cuando el juez dice: “Apartaos de mi malditos”,“maldito era todo aquel que es colgado en un madero” ¡Este es el infierno que Cristo experimentó! El insondable océano de su sufrimiento y dolor. Abandonado en lugar de los pecadores. Abandonado en tu lugar. Si tú te acercas a él, nunca serás abandonado, desamparado. “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? ¿Cuál es la respuesta? Abandonado por ti, por mí… “Aquel que no conoció pecado fue hecho pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” Esta es la gloria y el asombro del Evangelio.

Te recomendamos

Dejar una respuesta

Su dirección de Email no será publicada.

Nota después del formulario del comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Recibe nuestra newsletter
Las noticias del día. (Lunes a viernes a las 20 horas)
Sin Spam, sólo noticias
Puedes darte de baja en cualquier momento
Al darte de alta aceptas nuestra Politica de privacidad