Blas Infante, el Padre de la Patria Andaluza, nació hace 132 años, el 5 de julio de 1885 en el malagueño pueblo de Casares. Su padre, Luis Infante Andrade, era secretario del Juzgado de Casares y su madre, Ginesa Pérez de Vargas, procedía de una familia de labradores acomodados. Su vida fue segada por un grupo de falangistas el 11 de agosto de 1936, en el contexto de la terrible represión desencadenada por Queipo de Llano en la capital hispalense tras la sublevación militar. El único pecado de este notario, un hombre bueno y honesto, fue luchar por devolver a Andalucía y los andaluces su conciencia de pueblo y haber dedicado su vida a profundizar en el conocimiento de nuestras raíces y la articulación de un sistema político tendente a la “liberación” del pueblo andaluz.

Sin duda alguna, Infante es la figura fundamental y el referente ideológico del movimiento nacionalista andaluz. Defendía un cambio radical del sistema político, con la consecución de una efectiva autonomía regional y municipal, y una profunda reforma en la propiedad de la tierra, para acabar, fundamentalmente, con la penosa vida de los jornaleros.

Hoy, el espíritu crítico y reivindicativo de Blas Infante parece olvidado en la clase política andaluza. A lo que hemos de añadir que tenemos un pueblo adormecido, manso a las consignas del poder, mediatizado por “la nuestra”, sin otro objetivo a corto plazo que seguir manteniendo unas estructuras de poder, ajenas a sus reivindicaciones y necesidades.
Naufragadas en las urnas las señas de identidad nacionalista, sólo se mantiene la esperanza del germen andalucista en algunos rincones del municipalismo, donde algunos líderes siguen siendo el punto de referencia para un futuro, creemos necesario, resurgimiento del sentimiento identitario andalucista. Quedan lugares como Almuñécar donde la defensa de los intereses de nuestro pueblo sigue siendo el santo y seña de la actuación política, donde los posicionamientos políticos del Andalucismo siguen recibiendo el apoyo mayoritario de los vecinos, a modo de oasis en el páramo desolador del nacionalismo andaluz.

Pero esa llama viva de Blas Infante debe servirnos de hoja de ruta en nuestro cometido. A pesar de no obtener nunca un acta de parlamentario, hasta el último día de su vida estuvo en la brecha política y reivindicativa de la defensa de las aspiraciones de Andalucía. Blas Infante debe servirnos de faro, de espejo en nuestro transitar político.

Frente a las políticas inoperantes de los gobiernos de turno, frente a la mal llamada “paz social”, que más bien parece la paz de los cementerios, frente al conformismo (y hasta pasotismo) de muchos de nuestros vecinos sexitanos, debemos anteponer la conciencia crítica de don Blas, su espíritu reivindicativo, su esfuerzo por conocer las raíces y la forma de ser de nuestro pueblo. Debemos arbitrar una alternativa creíble a las políticas conservadoras, erráticas y de recortes del gobierno Herrera. El cambio y el progreso, el futuro, solo puede venir de la mano de los andalucistas. Aun siendo conscientes que, tal vez como Blas Infante, corramos el riesgo de cosechar la incomprensión y las escasas satisfacciones que jalonaron toda su vida. Nos va en ello el futuro de Almuñécar y La Herradura. Sabemos cómo hacerlo, ya lo hemos demostrado, y con vuestra ayuda, podemos hacer que sea una realidad.

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